20091019

La alfombra voladora de la Avenida Michigan

El sábado fuimos a Chicago. Queda a un poco menos de 3 horas de casa.

Hay que aprovechar antes que venga el invierno de nieve y el hielo, que nos confina por casi 3 meses.

Todas las veces que fui a Chicago, Buenos Aires viene a mi memoria.

Hay una impresionante semejanza entre las dos ciudades. Chicago es mas parecida con Buenos Aires que con San Pablo, aunque mis hijas piensan lo contrario. Ellas nacieron en San Pablo.

Debe ser el lago Michigan, que me recuerda al Río de la Plata, el mar de los porteños.

Pero es más que el lago, es el espíritu cosmopolita que la reina del Plata tiene y la exuberante San Pablo no tiene. Que mis hijas no me escuchen...San Pablo es más provinciana.

La avenida Michigan tiene unas diez cuadras muy chetas llamadas “The Magnificent Mile”

traducido sería “la milla magnificente”.

Las famosas grifes despliegan sus productos en las lujosas vitrinas. El punto alto me pareció que es la tienda de la Apple, donde centenas de personas se apiñaban para ver los iPhones e los iPods.

La gente que caminaba por la avenida vestida elegantemente, risueña, casi festiva.

Viendo esta multitud sábado a la tarde, resulta casi imposible creer que los americanos son desgreñados. Por lo menos los que andan por allí no andan hechos unos crotos, como la mayoría fuera de allí anda.

La “crotocidad” norte-americana nos fue vendida en los años 70 como una moda, y nosotros, los sudamericanos, la compramos sin piar. El cabello largo, los jeans desteñidos, las camisas cuadriculadas que Credence usaba y que nos encantaron tanto...¡eran el uniforme de los peones de las chacras!

Cortar el pelo era y sigue siendo caro, la camisa de franela hoy cuesta 5 dolares...¡y en los años 70 costaba menos!

Y el pantalón jeans Lee, que lo pagábamos a precio de oro, era en realidad la ropa de fajina de las haciendas. No era moda, era apenas el estilo croto y barato norteamericano, cada día más croto.

Bueno, volviendo a la Avenida Michigan, sin crotos, me hizo recordar la Avenida Santa Fe entre Callao y la Plaza San Martín, antes de los shoppings, antes de la guerra civil de la década del 70, antes de los alucinados planes económicos corta-ceros, cuando la elegancia de los porteños era envidiada por toda la América Latina.

Los edificios del centro de Chicago son de todas las épocas. Puedes ver una mezcla de los años 30, 40, 50, 60, 70 y las lineas arquitectónicas modernas, conviviendo armónicamente.

Hay algunos edificios que sirvieron de escenario para la ciudad gótica de Batman. Otros nos recuerdan Al Capone, y al mismo tiempo rascacielos de vidrio y aluminio nos hacen volver al presente.

Este sábado vimos algo interesante: una limusina blanca paró en la plaza, bajó una pareja de recién casados acompañados de cuatro parejas de padrinos.

Filmaron y sacaron fotos, mientras bailaban, gritaban y festejaban. Desde la limusina de puertas abiertas, salia una animada melodía árabe en alto son. Las personas paraban y se alegraban. Nadie, repito, nadie osó incomodarlos. Todos respetuosamente observaban la fiesta de ellos y se alegraban.

Los novios y los padrinos volvieron a la limusina, partieron con rumbo a la “milla magnificente”.

La novia y el novio se asomaron a través del techo solar, y bailaban, se abrazaban, se besaban, mientras el público los observaba, los fotografiaba y los vivaba.

Los árabes hicieron de la Avenida un salón de fiestas...y después se perdieron en el tránsito como si fuesen Aladín y Jazmín volando en su alfombra mágica.

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