20121003

La mujer extraña


Abrí la puerta de nuestro departamento y vi una mujer parada al final do corredor.
Cuando ella me vio, se apartó rápidamente en dirección al hall de los ascensores, que no era visible desde la puerta de nuestro departamento.
Sentí algo raro en mi corazón. Aquella mujer desconocida estaba mirando nuestro departamento y salió corriendo cuando abrí la puerta y la tomé de sorpresa.
Recuerdo que era alta, exuberante, cabellos de color castaño claro, ella usaba anteojos de sol y colgaba una cartera en su mano izquierda.
Dicen que las emociones intensas ayudan a fijar los recuerdos. Debe ser verdad porque este episodio sucedió en el verano de 1973, hace 39 años. La visión de aquella mujer espiándonos desde el final del pasillo del quinto piso, donde nuestro departamento quedaba, todavía me causa incómodo.

Unos días después, fui a pasear con mi amigo Alfredo.
Caminamos por la avenida Acoyte, atravesamos la avenida Rivadavia y seguimos andando por la misma avenida, que después de Rivadavia se llama José Maria Moreno.
Éramos dos adolescentes caminando sin rumbo a través de nuestro barrio.
Alfredo estaba sin rumbo. Yo tenía un rumbo, desconocido, pero certero.
Intuitivamente caminé ocho cuadras. Yo no sabía concientemente para donde iba, pero intuitivamente sabía que caminaba en la dirección correcta. Era un sentimiento inexplicable, irracional y muy vívido.
Mi mente lógica estaba ignorante, pero mi mente intuitiva estaba en alerta.
Alfredo, como un buen amigo, apenas caminaba junto de mi, charlaba y no me incomodaba.

Pocos metros antes de la avenida Juan Bautista Alberdi, en la calzada de la misma mano que veníamos, vi el auto Peugeot azul claro, deportivo, el inconfundible auto de mi padre. Siempre movido por la intuición, me dirigí al portón del edificio frente al que el Peugeot estaba estacionado.

Alfredo se sorprendió con mi acto repentino. Toqué el timbre del encargado en el portero eléctrico y pregunté por el dueño del Peugeoy azul claro. El encargado me respondió que el dueño era el vecino del segundo piso, departamento “A”. Toqué el timbre del segunda “A”. Alfredo me reprochaba nerviosamente: -“¡¿Que hacés loco?!”- tratando de entenderme.

La mujer misteriosa del pasillo se asomó por el balcón del segundo piso. Yo la reconocí inmediatamente. Ella entró rápidamente gritando para alguien que estaba adentro del departamento: “¡Es Jorgito!”. En aquel balcón ella repitió los gestos del pasillo, escondiéndose.

Yo entendí todo.

Tomado por la rabia, quise patear el auto Peugeot. Alfredo me impidió de hacerlo.
Yo sabia que mi padre aparecería enseguida.
Alfredo, viendo mi ira, estúpida ira, ira resentida, ira sedienta de justicia por el sinnúmero de horas de angustia sufridas por mi madre, ira por sentirme traicionado por un padre idolatrado.
Alfredo, que era hijo de padres divorciados, me entendió completamente. Siendo él un adolescente como yo, en aquel momento reaccionó como un hombre adulto, sacándome de allí para evitar que hiciese tonterías.
Los hijos de padres separados maduramos prematuramente, sin querer.
Fue así como descubrí que mi madre no ocupaba más el lugar que ocupaba en la vida de mi padre.

Hoy, con 54 años, siento deseos de abofetear a los psicólogos, pedagogos y charlatanes de turno que afirman que el divorcio de los padres no es razón suficiente para que los hijos pierdan el rumbo.


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