20130325

Los Modernos Inestables y la destrucción súbita

En la década de los años 70 yo era un estudiante en Buenos Aires, Argentina.

Como muchos otros jóvenes, me simpaticé con las ideas socialistas importadas de Europa.

El discurso de los propagadores era apasionado y convincente. Los temas discutidos en grupo eran interesantes. El hecho de juntarse a otros jóvenes atrás de ideas revolucionarias cautivó mi mente adolescente.

En los grupos politizados podíamos disentir, expresar nuestras angustias, participar, beber y hacer sexo sin que las autoridades, los curas ni los padres nos molestasen.


Era permitido hacer todo lo que se levantase contra Dios, contra la patria y contra el hogar.

Cuanto más disidente eras con el status quo mejor, cuanto más protestabas mejor eras.
Era el paraíso para los jóvenes insatisfechos.
Las revoluciones social y sexual andaban de la mano.
La consigna importada de las revueltas de París proclamaba: “¡Es prohibido prohibir!”.
Era el paraíso de los jóvenes: ¡Rebelión y sexo libre!

En verdad, era prohibido usar la palabra paraíso porque todo lo que simbolizase “religión” debía ser combatido. La religión, según los ideólogos decían, era el opio de los pueblos. Todo era permitido, menos usar el nombre de Dios y todo lo que se relacionaba con Él.

En nuestra visión, la Argentina caminaba en dirección a la revolución socialista. Orgullosamente seguíamos los pasos del Ché Guevara, el ícono de la época.
Creíamos que después de insistir un poco, conquistaríamos los cambios sociales. Éramos muy ingenuos.

De repente, un aluvión de violencia terminó la luna de miel con la ideología socialista.
Las calles de Buenos Aires se convirtieron en un teatro de operaciones de guerra. La guerra sucia.

Millares de jóvenes fueron víctimas de la violencia. La violencia provenía de la represión militar, de los grupos para-militares de la derecha, de los guerrilleros izquierdistas.

El resultado de esta guerra fue el desaparecimiento de alrededor de treinta mil personas nacidas entre 1950 y 1960. También centenas de bebés fueron robados por los secuestradores.
Este desastre causó en la sociedad argentina profundas heridas que en 2013 todavía sangran.

En 1975, en el medio de la incerteza y las desilusiones, Dios empezó a revelarse para mi.
Fue en 1979 que le entregué definitivamente mi vida A Jesucristo y empezamos una relación que cada día se hizo más fuerte.

Yo vivo lejos de la Argentina, geográficamente hablando. Pero Argentina está en mi corazón porque en todos estos años mantengo un diálogo con mi Creador sobre todas las cosas que viví allí en aquella época de pesadillas.

Yo dejo que Dios cure mis heridas y me ayude a ahuyentar los fantasmas de aquellos años de tristeza.

Hoy Dios me hablo a través de dos versos de las Sagradas Escrituras que quiero compartir contigo.

Teme(1) a Jehová, hijo mío(2), y al rey ; no te entremetas(3) con los que son inestables(4); porque su calamidad surgirá de repente; y la ruina de ambos, ¿quién la sabrá? - Proverbios 24:21-22

Analicemos la etimología de las palabras clave en estos versículos:

La palabra “teme” (1) proviene del hebreo yârê' - yaw-ray'– que significa tener temor, reverenciar moralmente, respetar con susto, respetar mucho, es aquel miedo que ayuda a preservar la vida, la reverencia que separa la vida de la muerte, aquellas cosas que no nos atrevemos a desrespetar.

La expresión “hijo mío” (2) tiene raíz en el hebreo bên – bane: un hijo, alguien que es el constructor del nombre de la familia. En el más amplio sentido incluyendo al nieto, al miembro de la familia, al miembro de la nación.

El término “entremetas” (3) viene del hebreo ‛ârab – aw-rab': La raíz primitiva es la trenza, es decir, entremezclarse. Técnicamente refierese al tráfico, al trueque. También ser la garantía, la fianza en un contrato. Ser fiador, comprometerse.

La palabra “inestables” (4) viene del hebreo shanah - shaw-naw ': usada para doblarse, transmutarse, rehacer, alterar agregando la posibilidad de un cambio, disfrazar, diversificar, pervertir, hacer una copia de lo original pero cambiándole algo, falsificar.

Después de ampliar el sentido releamos el verso bíblico:

Teme (reverencia moralmente con miedo a Jehová, hijo mío (miembro de la familia, miembro de la nación), y al rey ; no te entremetas (entrelaces, hagas tráfico, no salgas por fiador) con los que son inestables (que cambian, que se transmutan, que se rehacen, que se disfrazan, que se muestran diversos, que pervirtiendo copian la verdad original cambiándola); porque su calamidad surgirá de repente; y la ruina de ambos, ¿quién la sabrá?

Abandonar las verdades eternas de Dios y asociarse a los que quieren hacer cambios revolucionarios contrarios a los principios de Dios invariablemente nos conducirá a la calamidad personal y social. ¿Ya observaste el estado caótico de los países que vivían atrás de la cortina de hierro?
Pero no me interesa discutir de política.

Si me interesa que identifiques las fuerzas espirituales que te empujan a perder el temor, el respeto, la veneración a Dios, tu Creador. Estas fuerzas son destructoras, no quieren nada menos que tu muerte.

Me interesa que hagas una evaluación personal de tu relación con Dios. Que lo busques y lo encuentres mientras hay tiempo.

"Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón." - Jeremías 29:11-13.


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