20130417

Los piolas, los giles y los discípulos


“Como hijos obedientes, no os conforméis a las concupiscencias que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino que, así como Aquél que os llamó es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.
Y si invocáis al Padre, que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis redimidos de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis por tradición de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata; sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación; ya preordinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor a vosotros, quienes por Él creéis en Dios, el cual le resucitó de los muertos, y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios.
Habiendo purificado vuestras almas en la obediencia de la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro; siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre. Porque toda carne es como la hierba, y toda la gloria del hombre como la flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre. Y ésta es la palabra que por el evangelio os ha sido predicada.“ (1 Carta de Pedro 1:14-25).

La concupiscencia es el apetito desordenado de placeres deshonestos.

Uno de los aspectos de la concupiscencia está relacionado a la apropiación de bienes materiales haciendo cualquier cosa por obtenerlos: robando, engañando, valiéndose de vivezas y estafando. Otra característica de los que están dominados por la codicia es que siempre buscan obtener ventaja de las otras personas faltandoles el respeto, haciéndolas de bobas, engatusando. La viveza criolla es un ejemplo de concupiscencia material, donde los “piolas” se sienten con el derecho de engatusar a los “giles”.

Personalmente luché para librarme de este espíritu tan común entre los porteños.

Mis padres se criaron en un ambiente donde la “viveza” era un elemento indispensable para sobrevivir y “triunfar” sobre los otros. Cuando me convertí al Cristianismo, a ellos les parecía escandaloso que yo fuese un diezmista. Ellos creían firmemente que yo había sido embaucado por los pastores que me sacaban el dinero. Nunca olvidaré una charla con un tío que seriamente trató de convencerme que yo estaba siendo engañado, que los pastores me estaban haciendo un lavado cerebral. Aquel tío estaba muy preocupado que yo, su sobrino, estuviese haciendo papel de gil. En la mente de mi tío, un jugador de poker empedernido, infiel a su esposa, sin empleo fijo, que vivía de changas y apuestas de juegos de azahar,  yo era el bobo, el engañado, el estafado, el perdedor. Hoy sigo sirviendo a Jesucristo, estoy casado y feliz con la misma mujer hace casi 30 años, tengo 2 hijas graduadas en los Estados Unidos, soy un especialista de computación contratado por la mayor empresa de muebles del mundo y soy profesor universitario en Norteamérica. Gracias a Dios que cuando era recién convertido a Cristo no seguí los consejos de mi tío “piola”. Sobre el triste destino de mi tío yo prefiero no escribir.

La codicia es la concupiscencia que se manifiesta en ámbito material, que consiste en obtener dinero, bienes y ventajas materiales sin ganarlas a través del trabajo y del esfuerzo personal.
Está presente cuando un cajero del supermercado nos da por equivocación más cambio que lo correcto y percibiéndolo, no lo devolvemos. Y también. cuando una persona soborna a alguien.

Los pequeños golpes por monedas y las estafas multimillonarias son movidos por el espíritu de la codicia.

La “mano de Dios” del jugador que hizo un gol de forma incorrecta sin que el árbitro lo viese causó la doble alegría de los hinchas, primero por el gol y segundo porque triunfó la “viveza criolla”, movida por la concupiscencia de la codicia.

La multitud de admiradores no ayudó a Maradona para ser una persona mejor cuando le aplaudieron el gol hecho con la mano. Ni ayudó al país. Este hecho mostró la decadencia espiritual del jugador y de una grande parte del pueblo argentino.

El famoso humorista brasileño Chico Anysio describió muy bien a la viveza criolla: “No nos enojamos porque nos hayan dado un billete falso. Nos enojamos porque  cuando quisimos pagar con ese billete falso, el otro se dio cuenta y no lo aceptó”.

La viveza está encurtida en el DNA argentino, ella llegó con los inmigrantes europeos pobres, es la cultura del pícaro, romanceada en la España medieval. Y al desembarcar, se juntó con las mañas de los indios sobrevivientes de las masacres, de los negros oprimidos por la esclavitud. Todos estos ancestrales acuñaron la “viveza criolla” como una manera de vida.

Aprendimos a sobornar y desviarnos de los impuestos excesivos de la corte real en los tiempos del virreinato. Después llegaron los italianos huyendo del hambre y la guerra, las prostitutas polacas, el tango, el arrabal y los guapos. Nuestro lunfardo tiene un pedigree de moral dudosa, era el lenguaje de los bandidos en la cárcel. Para nuestra carne es más fácil ser contraventores que bienhechores, lo hacemos así desde los tiempos de la fundación y  reinventamos las trampas todos los días. Es un estilo de vida.

La palabra de Dios nos muestra que debemos arrepentirnos y abandonar nuestra vana manera de vivir.

La lujuria es el exceso o demasía en algunas cosas, es la codicia desenfrenada.
La vida lujuriosa requiere mucho dinero. Muchos para obtener dinero se corrompen y corrompen autoridades, promueven las actividades criminales y todo tipo de golpes y estafas.

Los medios de comunicación exaltan a la vida lujuriosa despertando en las personas desear vivir así también. Quien no quiere vivir lujuriosamente es visto como alguien inferior, sin metas, sin ambiciones es visto como un gil. No pongas a la vida lujuriosa como una meta, haz  de Jesucristo la meta de su vida, y cuando pasen los años tú no tendrás motivos para lamentarse.

Si tú has nacido de nuevo, si eres un hijo de Dios rescatado por Jesucristo, entonces tienes que arrancar de tu vida la deshonestidad, los deseos de sacarle ventaja a la gente y toda forma de “viveza criolla”. No es verdad que el mundo está compuesto de “giles” y “piolas”.
Quien vive así en realidad está cautivo de una mente reprobada por Dios. Dios dice que “los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados.” (2 Timoteo 3:13). No los envidies, no los imites y no los apoyes.

Pero no todo está perdido en mi querida Argentina, muy por el contrario, hay un nuevo pueblo que sacudiendo las cadenas de la impiedad busca honrar y servir a Dios seriamente. Fue en este país que aprendí de personas espirituales y de buen carácter a buscar la voluntad de Dios. Fue con los hijos de Dios en Argentina que aprendí a no acomodarme a los modos corrompidos de aquellos que cambiaron al Dios vivo por los ídolos mudos y sordos, entre los que está el ateísmo humanista.

Fue en esta tierra que vi milagros y multitudes entregarse a Jesucristo. Este artículo es para aquellos que además de haber entregado sus vidas para Dios, están buscando soltarse de las costumbres adquiridas por la vana manera vivir que heredamos de nuestros padres, especialmente aquellos que como yo no tuvieron la dicha de ser criados en un hogar cristiano.

El cambio espiritual que Argentina necesita empieza en tu corazón, por eso te recomiendo a  deshacerte de la vana manera de vivir que heredamos de nuestros padres, pues tú y yo fuimos comprados con la preciosa sangre de Jesucristo. Adopta la manera de vivir de un discípulo de Jesucristo y tu vida tendrá el mayor sentido que un ser humano puede tener.


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