20140215

A la deriva de los ríos Capitán y Mississippi

Las mañanas en la estación de Tigre eran una fiesta. Era la última parada del tren que atravesaba los entonces barrios más valorados de Buenos Aires: Belgrano, Nuñez, Vicente López, Olivos, San Isidro. Muchas de las calles de estos barrios y municipios tenían la identidad importada de Europa y de los suburbios norteamericanos. Los chalets con techos a dos aguas eran desnecesarios porque no nevaba, pero eran indispensables para recordar Alemaña, Suiza, Inglaterra o las calles arborizadas del suburbio neoyorquino de White Plains. Muchos de los moradores de estos barrios eran inmigrantes europeos.

Las vías del ferrocarril que iba de Retiro a Tigre nos dejaban ver pantallazos del lado rico de Buenos Aires: el velódromo, el club de Gimnasia y Esgrima, campos de hipismo, canchas de rugby y tenis. Cuando el Rio de la Plata era visible desde el tren, a veces también lo eran las velas blancas de los veleros navegando el mar de agua dulce. No me malinterprete, la mayoría de estos barrios no era de gente rica, pero había un sentido de dignidad y buen gusto entre los moradores de estas regiones.

Rio Capitán - Tigre - Argentina
Tía Ester y tío Nicolás vivían del otro lado de la estación fluvial del Tigre. Los primos Eduardo y Susana me conectaron con un estilo de vida que amo desde que me recuerdo como persona. Nunca viví después una mañana comparable con las mañanas de sol del municipio de Tigre. Ninguna mandarina de las que comí en muchos lugares durante más de 50 años de vida fue tan dulce como las mandarinas de la huerta de la tía Ester. El silencio de la calle de aquella casa a veces era brevemente interrumpido por algún avión monomotor que cruzaba por el cielo azul intenso.

Los aromas del Tigre viven en mi nariz hasta hoy. El perfume de azahares en las veredas, el olor del asado que mi tío y papá preparaban en el jardín de fondo de la casa. El olor del aserrín de la carpintería naval del tío Nicolás, donde la madera entraba en forma de tablas y salía embarnizada con la silueta de lanchas y veleros bellos, sedientos de agua, ansiosos de navegar.
A bordo de ellos fui un pirata, un capitán y un pescador jugando en aquellas embarcaciones en construcción, obras preciosas producidas por las manos maestras del tío carpintero.

Me acuerdo de la tía Ester hablando del Ché Guevara, hijo de una familia que vivía en aquella región. Claro que el Ché era un loquito y nadie imaginaba que los zurdos conseguirían convertir a aquel muchachito loco en un icono mundial. ¡Mundo loco!

Y me acuerdo de los tíos juntos de papá y mamá tomando mate con bizcochitos de grasa y facturas en la cocina de la tía Ester. Azulejos blancos resplandecientemente limpios y una cocina económica de leña, con la parte superior de hierro oscuro y laterales esmaltados blancos.

Y en una de aquellas mateadas, me acuerdo de la expresión de miedo de la tía comentando sobre el ángel de la muerte, otro loco nacido en la región, el asesino serial y sociópata Carlos Robledo Puch, cuando todavía la violencia no era tan frecuente para los argentinos.

Cincuenta años después me veo viviendo en un lugar semejante, con árboles y jardines parecidos.
Aqui también de vez en cuando un avión monomotor quiebra el silencio volando por el cielo azul de Iowa, muy parecido al de Tigre.

Cerca de casa pasa el Rio Mississippi, que imagino ser un primo distante del Rio Capitán. Ambos tienen el color de león y sus márgenes emiten sonidos semejantes. Cuando camino junto al Mississippi, viajo en el tiempo, con mis pies en Norte América y las memorias en el delta del Tigre.

La vida es una rueda que gira repitiéndose y camina rumbo a la inevitable realización de la voluntad divina, de la que nadie escapa.


Rio Mississippi - Iowa - Estados Unidos

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