20140213

¡Guerra a los Ingleses!

Esto sucedió en una de esas funestas noches de Abril de 1982, durante un conflicto que prefiero que nunca
Torre de los Ingleses
(Actualmente llamada Torre Monumental - Wikipedia.org)
hubiese entrado en mi memoria.

Yo trabajaba como operador internacional en Entel, era joven y no tan lleno de esperanzas en la vida después de lo que vivimos en aquel entonces. La fuerza de la vida y la energía de las hormonas insistían en llenar el corazón de sueños, pero los políticos, los militares y los extremistas insistían en vaciar los anhelos de una vida mejor en Argentina, y no se conformaban con matar los sueños apenas sino que asesinaron decenas de millares de jóvenes. Desde la tumba Sarmiento les reprochaba: “Ya les dije que las ideas no se matan ¡Bárbaros!”, pero los perros cebados de sangre no pararon de morderse unos a los otros.

El libreto de aquel acto necesitaba de comicastros apelando para el nacionalismo irracional. Samuel Jackson lo dijo divinamente: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”.
¡Guerra a los Ingleses! Proclamaron con fanfarronería, como hacen los barrabravas que ensucian las canchas de fútbol. No era solo una cuestión de pelota, palos y piedras con algunos heridos en el hospital y en la comisaría. Era un asunto de misiles, bombas, balas y mucha más muerte de la que había sido sembrada en los años posteriores.

Mi turno en Entel comenzaba a las ocho de la noche. A las seis de la tarde en casa, antes de salir, merendaba con mate, mirando la televisión. Cacho Fontana y Pinky encabezaban la campaña nacional. Mostraban a las señoras que tejían bufandas y suéteres para los conscriptos que luchaban por unas islas lejanas y congeladas. Las marchas militares eran la música de fondo, las voces de los locutores convocaban a la población para contribuir en la lucha contra los invasores.

Nuestro subconsciente nos hacía pensar que unos tachos de aceite hirviendo desde las azoteas pondría en fuga al enemigo británico por tercera vez. “Qué los peló a los gringos una gran siete; navegar tantos mares, venirse al cuete”…una cosa es cantar acompañado de guitarra y bombo legüero, con poncho y escarapela…otra cosa es provocar una guerra condenada al fracaso contra unos gringos que no estaban jugando.

La televisión hacía alarde de las victorias de nuestros guerreros. El discurso triunfalista de la media encendió nuestro fervor patriótico.

A las siete de la noche, yo tomaba el tren hacia la estación Retiro.
A las siete y treintaicinco desembarcaba en Retiro.
Antes de tomar el colectivo para Entel, pude ver a través del portón de la vieja estación construida por los ingleses, a los manifestantes al pie de la Torre de los Ingleses, gritando indignados como si la dama de hierro inglesa fuese  a oírlos.
El tren, la estación, la plaza y la torre, todo recordaba Inglaterra, nuestro mayor enemigo en aquellos fatídicos días de 1982.

A las ocho de la noche, usando un delantal celeste y con un auricular de color marfil listo para ser enchufado, entrábamos en la sala CIBA, el centro internacional de comunicaciones telefónicas de los argentinos.

Yo fui uno de los pocos elegidos para operar las líneas telefónicas con Puerto Stanley. Eran dos líneas, una recibía y la otra hacía llamadas. Sí señor, solo dos conexiones analógicas comunicaban a la nación en guerra con estas islas heladas a  1898 kilómetros de Buenos Aires.

El reglamento nos permitía monitorear las llamadas. Recuerdo de una llamada en especial: en una punta de la conexión un capitán y en la otra punta su esposa. El diálogo consistió en palabras parecidas a estas:

Esposa: ¿Por qué no declaran la rendición ahora?
Capitán: No podemos hablar de eso, querida.
Esposa: (nerviosa) ¿Por qué están mintiendo en la televisión diciendo que estamos ganando?
Capitán: Yo no sé, querida, pero no puedo hablar de esto ahora.
Esposa: (muy nerviosa) ¡Yo no quiero que te maten! ¡No quiero que esos hijos de p… hagan eso contigo y con los chicos!
Capitán: Querida, cálmate. No va a pasar nada, yo estoy bien.
Esposa: (gritando desesperada) ¡No me mientas! ¡Yo sé que estás mintiendo!...
Y ella rompió a llorar causando un nudo en mi garganta.

La llamada fue interrumpida por tiempo agotado. Allí quedó un capitán valiente, con el corazón angustiado y del otro lado una esposa sufriendo un ataque de nervios.

El supervisor me mandó para el descanso.
Mal yo conseguí tomar un café.
Me senté en un sillón escondido en un rincón, y cuando vi que estaba solo, yo también lloré.









   
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